Las agujas salieron de su piel por fin.
El sujeto abrió los ojos y un potente foco que había colgado en el techo le
deslumbró. A su alrededor dos figuras se movían de un lado a otro, discutiendo
y gesticulando con las manos.
—¿Cómo está? —preguntó una voz.
—Aún es pronto para saberlo —respondió
otra, temblorosa—. Llevamos demasiado tiempo abusando de su cuerpo. No sé cómo
reaccionará.
—Quinox está desatando el caos en la
ciudad —replicó la primera—. Tenemos que hacer algo para detenerlo.
Quinox… El sujeto intentó hacer memoria.
Le sonaba aquél nombre, igual que le sonaban las voces que escuchaba. Pero ¿Quiénes
eran? ¿Quién era él? Volvió a cerrar los ojos cuando percibió que alguien se
acercaba. Unas manos le palparon en el cuello y el pecho.
—Su ritmo es normal, señor —anunció de
nuevo la voz temblorosa—. Tal vez debamos esperar.
—El ángel oscuro no espera.
El ángel oscuro… Aquellas palabras
fueron como un interruptor en su mente. De repente lo recordó todo.
Conversaciones mantenidas en su presencia. Aunque las personas que hablaban no
sabían que él podía oír. Palabras que hablaban de un nuevo justiciero en la
ciudad. Quinox, el ángel oscuro.
—Ayer mató a un hombre —continuaba la
voz—. Y la semana pasada a un grupo de cinco.
—Se le olvida mencionar que esos hombres
eran criminales, señor Turner —le recordó Andrews—. Un violador y cinco jefes
de la mafia.
—Aún así, son personas. Ningún
mequetrefe con alas y gabardina negra debe tomarse la justicia por su mano. Y
mucho menos ocultándose bajo una capucha. Si la policía no puede hacer nada,
debo hacerlo yo. Se lo debo a mi mujer.
El sujeto nunca había visto al tal
Quinox pero al escuchar su nombre sintió que una oleada de odio hacia él crecía
por su cuerpo. Emitió un gemido lleno de ira. Sin saber por qué deseaba
levantarse de la camilla en la que estaba postrado y arrancarle las alas a ese
justiciero.
Inmediatamente dos cabezas aparecieron
en su campo de visión, tapando la tremenda luz de la lámpara que le
deslumbraba.
—¡Está despierto! —exclamó un hombre
regordete y sudoroso que el sujeto reconoció como Andrews.
—¿Funciona? —pregunto el otro. Turner, recordó el sujeto. Jake Turner.
—Parece que sí —confirmó el otro.
El sujeto movió un brazo y comprobó que
lo tenía atado a la camilla por medio de unas correas. Su corazón se aceleró y
su cuerpo empezó a sacudirse. Deseaba liberarse y salir de allí. Matar a
Quinox. Ese era su único objetivo.
De repente, un pinchazo en su antebrazo
le dijo que le estaban inyectando algo. El sujeto volvió a gritar y a
retorcerse. Las correas de cuero se estiraron bajo la tremenda fuerza de la que
hacía gala. Y se hubieran roto si el sujeto no hubiera empezado a notar que
aquella fuerza le abandonaba. Su visión se nubló y el ritmo de su corazón
descendió a niveles más bajos de los normales.
Antes de perder el conocimiento, la voz
de Jake Turner le arrulló como si fuera el sonido de una cascada.
—Tranquilo, Jeremy. Pronto podrás matar
al ángel oscuro.
Cuando volvió a despertar ya no estaba
en la camilla. Su cuerpo descansaba sobre una cómoda cama de suaves sabanas. El
sujeto al que Turner había llamado Jeremy se incorporó y observó la habitación.
No había nada. Ni ventanas, ni muebles. Extendió una mano para acariciar la
pared. No era de cemento, ni de ladrillo. Era de metal.
¿Dónde
estoy?,
se preguntó. ¿Quién soy?
Cuando se levantó de la cama el mundo
comenzó a dar vueltas a su alrededor. Jeremy se apoyó en la pared para no caer
hasta que el mareo remitió. No recordaba nada, excepto lo que había podido
captar de la última conversación, cuando estaba atado a la camilla. Sin saber
por qué, sintió una extraña congoja en el estomago al darse cuenta de que no
sabía quién era.
—¡Hola! —gritó—. ¿Hay alguien ahí?
De repente, las paredes cobraron vida. En
ellas comenzaron a reflejarse imágenes. Imágenes que le hicieron bullir la
sangre, sin saber por qué razón. En ellas se veía a una figura de negras alas
surcando los cielos. En otras, la misma silueta rescataba a un niño de caer de
un edificio. Todas las imágenes que se veían eran de escenas heroicas. Pero por
alguna razón, sintió deseos de estrangular a aquél individuo.
Un calor asfixiante subió por su espina
dorsal. Jeremy hinchó las narices, presa del odio. Gritó, desgarró su garganta
en un alarido de ira que resonó entre las paredes de metal de la habitación. Y
entonces sucedió.
Sorprendido y asustado a la vez vio como
sus dos manos explotaban y se convertían en dos antorchas de fuego. Jeremy se
lanzó al suelo con la intención de apagarlo rodando por el suelo. Pero fue inútil.
Las llamas se extendieron por todo su cuerpo hasta cubrirle por completo. El
hombre se agitó presa del terror.
Hasta que se dio cuenta que no sentía
dolor. Sus manos, sus piernas y su rostro estaban cubiertos de fuego pero a él
no le quemaba. Por alguna razón era inmune a las llamas.
Una puerta que no había visto hasta ese
momento se abrió para dar paso a un hombre.
—Veo que ya conoces tus poderes, Jeremy —dijo
Jake Turner.
Jeremy tuvo la tentación de atacarle,
pero era consciente de que si alguien tenía las respuestas que él tanto
ansiaba, era Turner.
—¿Quién soy? —preguntó, alzando la voz
para hacerse oír sobre el crepitar del fuego.
—Eres miembro del Equipo Caos. Tu nombre
es Fuego. Puedes dejar de arder cuando quieras —añadió Jake—. Solo tienes que
desearlo.
Jeremy hizo lo que le decían y, para su
sorpresa, las llamas desaparecieron por completo. Se observó las manos
esperando encontrar llagas o ampollas,
pero su piel estaba perfectamente.
Maravillado, volvió a mirar al otro
hombre.
—¿Quién fui? —preguntó esta vez.
—Tu pasado ya no importa, Fuego. Digamos
que estabas dónde no debías cuando menos debías. Ahora lo único importante es
tu futuro y tu misión.
—¿Qué misión es esa?
—Algo que deseas con todo tu corazón. Acabar
con Quinox, el ángel oscuro.
Fuego sintió que su sangre hervía de
nuevo al escuchar aquél nombre. No lo entendía. No sabía quién era ese Quinox,
ni por qué le odiaba tanto. Lo único que sabía era que deseaba despedazarlo.
Sin embargo, poco le importaba.
—¿Cuándo podré hacerlo? —preguntó
impaciente.
—Dentro de poco, Fuego. Dentro de poco
podrás destruirle.

